Videos Musicales Chilenos

Montesco

 

(Página 24)

 

 

Joyitas de cine y miniseries TV

 

"Si te las perdiste, aquí las tienes,

si las habías visto, para recordarlas"

 

I. La Araucana (1971)

de Julio Coll

 

Arde Santiago de Chile

 

 Coproducción Italo - Española - chilena, basada en el poema épico de Alonso de Ercilla, filmada en Perú, Chile y España. En estas páginas la película completa con excelente calidad de imagen y sonido. Se complementará con algunos hechos históricos no tan conocidos, para una mejor comprensión de ella.

 

 

Elsa Martinelli

Venantino Venantini

Víctor Alcázar

Elisa Montes

Erika López

Manolo Otero (cantante)

Armando Fenoglio

Carlos Matamala

Elena Moreno

Luis Alarcón

 

 IMPORTANTE

A nosotros nos presionaron mucho, tratando de sacarle leche

a una vaca que ya no da.

Es mejor que la vean completa en

Youtube.

 

https://www.youtube.com/watch?v=PmR3KgOaVjw

 

 

 

 

Pedro de Valdivia

   Era hijo de Diego de Valdivia e Isabel Gutiérrez, familia desprovista de riquezas y comodidades. Había nacido en La Extremadura, al igual que Francisco Pizarro y tenía por patria el pueblo de Villanueva de La Serena. Habiendo abrazado la carrera de las armas, participó en la batalla de Pavía y adquirió una gran experiencia en asuntos de milicia. En aquella guerra ascendió a Capitán.

 

  Tendría unos treinta acho años de edad, cuando abandonó Europa y a su legítima mujer doña Marina Ortiz de Gaete (no tuvieron hijos), para venir a América a propagar con la espada la fe de Cristo y a buscar riquezas. Lo que debería asegurar su salvación en el cielo y su bienestar en la tierra. Viaja en el año de 1535 a Venezuela, a cuyo descubrimiento y conquista contribuyó. De allí se traslada al Perú acompañado de doña Inés de Suárez y se pone a los servicios de Francisco Pizarro, con el grado de maestre de campo en la lucha contra Almagro, distinguiéndose particularmente en la batalla de Las Salinas. Gracias al dominio que tenía don Pedro en las batallas, recibe como premio, el valle de la Canela de las Charcas, una encomienda de indios y una mina de plata en Porcos (Bolivia), que en un decenio produjo más de doscientos mil castellanos.

 

  Don Pedro era un hombre alto, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho. Hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, hacía mercedes graciosamente. Generoso, amigo de andar bien vestido y lustro, de comer y beber bien, afable y humano con todos, pero tenía dos cosas que a juicio de varios, oscurecían todas estas virtudes, que aborrecía a los hombres nobles y que estaba amancebado con una mujer española.

 

  Nadie podía entender que porfiara en la conquista de un territorio pobre defendido por fieros nativos y que abandonase su próspera vida en el Perú. No era persona para contentarse con ser un vecino más o menos condecorado del Perú, aunque fuera propietario de una mina de buen beneficio y de un valle que podía satisfacer las aspiraciones de cualquiera, aunque tuviera el grado de maestre de campo y el favor de Francisco Pizarro, pues tenía aliento para llegar a ser algo más, buscando como otros compatriotas, la realización de una gran empresa.

 

 Por este motivo solicitó de su “protector” (Francisco Pizarro) que le permitiera ir al descubrimiento y conquista de la Nueva Toledo y de la tierra de Chile, a pesar de que todos se negaban a marchar a ese país, como si fuera al de la peste, a causa de los horribles padecimientos que sin provecho alguno habían padecido los soldados de Almagro.

 

 

 No muchos hombres estaban dispuestos a acompañarlo en esa locura, no más de 10 españoles estaban dispuestos a seguirlo. Cansado de los fracasos en reclutar un numero importante de soldados, comienza su campaña en enero de 1540 partiendo desde el Cuzco hacia Chile. Confiaba que se le uniera en el camino miembros de otras expediciones y así fue. Cuando llegó a San Pedro de Atacama, contaba ya con 150 españoles y cientos de indios. Luego llega al valle de Copiapó, un tiempo después a Aconcagua que estaba bajo el dominio de Michimalongo, sigue hacia el sur y llega al valle del Mapocho. En toda la travesía desde el Cuzco tuvo fuerte resistencia de los indios nativos. La tradición conservada por algunos cronistas refiere que Pedro de Valdivia no se había atrevido a fundar antes de este sitio ninguna ciudad, temiendo que sus soldados, cuyas imaginaciones vivían siempre en la riquezas del Perú, si quedaban muy cerca de este país de recuerdos y más que todo de ilusiones, no pudieran resistir a la tentación de volverse a buscar oro, aun cuando no fuera si no en las sepulturas de los incas. Cuando hubo penetrado hasta los márgenes del Mapocho, pensó que aquel lugar estaba ya demasiado retirado para que la deserción fuera fácil y fundó allí la ciudad destinada a ser la capital de un reino que puso por nombre de Nuevo Extremo o Nueva Extremadura.

 

  En este valle se encuentra una situación poco común en el territorio, el río Mapocho se abre en dos brazos, más o menos a la altura del actual puente Pío Nono, el segundo brazo se abre en diagonal y se encauza por la  Alameda, produciendo una isla que les permite protegerse de los indios. Además en ella se encuentra un pequeño cerro llamado Huelén que podría servir de base a un fuerte protector o guardián de la ciudad. Bajo este cerro y entre los dos brazos del Mapocho funda la ciudad de Santiago el 12 de Febrero de 1541. Se divide el terreno en cuadras, de este a oeste, desde el Cerro Huelén hasta la hoy Avenida Brasil, como 15 manzanas en sentido oriente poniente y 10 manzanas de norte a sur entre los dos brazos del Mapocho.

 

 Valdivia designó a los vecinos, que cumplían las condiciones para serlo y que tenían como obligación la defensa de la ciudad. Era un ejército vecinal encargado de la defensa y también de la producción de alimentos. En cada cuadra había cuatro solares. Las primeras casas fueron construidas por los indios, obligados a ello, sin resistencia, de madera y paja. Entendieron que aquellos barbudos pensaban, no en irse como los primeros que habían venido con Almagro, sino establecerse en el país.

 

 Equidistante de ambas ramas del río se dejó una cuadra para la plaza de Armas. A sus costados la Catedral, los edificios del cabildo y el palacio del gobernador. Desde este lugar se tenía buena visibilidad hacia todas las direcciones y se encontraba suficientemente alejado de los límites de la ciudad, lo que permitía una mejor defensa de ella. Así y todo fue atacada e incendiada mientras Valdivia recorría el sur del Río Maipo.

 

 Michimalongo atacó la ciudad que se encontraba defendida solamente por 50 hombres. Combatieron durante horas contra un enemigo muy superior en número. Las casas ardían y el humo hacía irrespirable la atmósfera. Los españoles habían ido perdiendo toda la ciudad que el incendio había reducido a un montón de escombros y sólo poseían el corto sitio que ocupaban. En esos momentos, cinco caciques que se hallaban presos en el fuerte quisieron aprovecharse de la confusión para romper sus cadenas y salir a unirse con los suyos. Habiendo observado sus intenciones una mujer española, sirvienta de Valdivia o esposa de un de los conquistadores, pues los cronistas no están de acuerdo sobre su condición (algunos le adjudican el hecho a Inés de Suarez, pero no hay prueba de ello), tomó resuelta una espada y los fue degollando de uno en uno y tomando las cabezas por los cabellos, los lanzó como si fueran proyectiles por sobre los paredones, en medio de los aplausos de sus compatriotas. Los indios retrocedieron espantados delante de un espectáculo tan inhumano y brutal. Los sitiados, llevando entre ellos a la sanguinaria heroína, aprovechando la oportunidad para intentar una salida furiosa en que lograron arrollar y destrozar a los indios a balazos. El resultado de esta última acometida fue la retirada de los asaltantes.

 

 Los españoles habían perdido todos sus utensilios, los acopios de víveres, veintitrés caballos y la ciudad que había sido reducida a cenizas. No les había quedado más que sus trajes estropeados por el combate, las armas que traían consigo, un par de cerdos y dos aves. Todo lo demás había sido consumido por el incendio.  

 

  

 

La batalla de Tucapel: La muerte de Pedro de Valdivia

Introducción:

 Aunque Gay se ha empeñado cuanto ha podido en hacer verosímil la peripecia inventada por Ercilla, en la descripción de la batalla de Tucapel, no lo ha logrado. No se concibe como decidida la derrota de una turba de indios, uno solo de ellos hubiera conseguido con solo arengarlos hacerles volver caras y para esto quedaría por explicar de que manera Lautaro consiguió hacerse oír en medio de la espantosa confusión que es de presumir había. Mucho menos se concibe como el ex caballerizo de Valdivia hubiera tenido maña y tiempo, no solo para llevar de nuevo a sus compatriotas a la pelea, sino también para formarlos en los famosos escuadrones que debían entrar a batallar por turno. Si esto sucedió así como lo cuentan Ercilla y después de él, Gay. ¿En qué estaban ocupados entre tanto los intrépidos jinetes castellanos para tolerar que a su vista y paciencia se reorganizase un enemigo fugitivo que corría a pie? Ercilla para salir del paso cuenta, acogiéndose a las licencias concedidas por las musas a sus devotos, que Lautaro, mientras volvían los araucanos, resistió solo frente a todos los conquistadores.

“….un solo mozo resistía

A lo que tanta gente no podía”

 

  Pero un historiador no puede dar como un poeta una explicación caballeresca al hecho mencionado. Toda las oscuridad e inverosimilitud de la batalla de Tucapel desaparecen si se adopta la relación de Garcilaso, que es inexacta en algunos detalles, pero verídica en el fondo y sobre todo la de Góngora Marmolejo, que da completa razón de lo sucedido en aquella acción. Lautaro estaba con sus compatriotas desde antes de la batalla, por eso pudo con todo descanso organizarlos, distribuirlos en escuadrones y enseñarles la táctica que convenía seguir. Los españoles desbarataron uno y muchos cuerpos parciales de indios, que según lo convenido se retiraban a reposar para volver por turno a la pelea, pero nunca lograron poner en derrota general a todos los sublevados, como lo dice Ercilla y después de él, Gay.

 

El final de la batalla

Cuando al cabo de un tiempo, Valdivia viese que los suyos ganaban poco o nada en el combate, determinó dar una buena carga para poner término a una función de armas que duraba ya más de lo conveniente. Dejó diez españoles al cuidado de las pertenencias y marchó en persona a la cabeza de los veintiséis restantes.

 

La batalla fue entonces más reñida, la carnicería de araucanos más espantosa, pero los invasores no lograban deshacer a sus contrarios, porque estos peleaban hasta que se les agotaban las fuerzas y cuando ya no podían resistir más, se retiraban a las laderas de la loma y eran reemplazados por otros que llegaban de refresco y que repetían la misma evolución.

 

Valdivia, viendo que aquello no terminaba y que iba serio, hizo entrar en el combate a los diez hombres de la reserva, que se habían quedado cuidando y  a un cuerpo de indios auxiliares que no tuvo reparo en ayudar a los extranjeros contra sus compatriotas. Pero todo fue ineficaz contra la hábil táctica que Lautaro había enseñado a los naturales. Escuadrones de indios descansados y ordenados se sustituían a los exhaustos y deshechos y hacían la batalla interminable. Los cristianos estaban agotados de fuerzas y algunos habían perdido la vida.

 

Valdivia, desalentado hizo tocar retirada para tomar consejo. En vista de la actitud animosa de su gente, el gobernador, aunque muy desanimado, quiso hacer una última tentativa. Una columna de espeso humo se eleva en ese momento hacia el cielo en una de las alturas inmediatas, era la señal de estar atentos a los escuadrones de indios encargados de cerrar el paso a los españoles que quisieran escapar con la fuga a la suerte que les aguardaba en el campo de batalla.

 

El gobernador de Chile, volvió a los suyos a la carga, pero aquel era un esfuerzo desesperado. Mal podían vencer cansados y heridos, lo que no habían conseguido cuando tenían sus fuerzas intactas. No tardó mucho en ser manifiesto que los españoles debían pensar, no en la victoria, sino en la salvación de sus vidas.

 

Valdivia hizo tocar retirada, creyendo que si abandonaba al enemigo las pertenencias, éste se entretendría en el saqueo y la distribución del motín y daría tiempo a los españoles para escapar. En breve se proponía volver a la cabeza de suficientes tropas a lavar la deshonra y a castigar a los rebeldes.

 

Principiaba Valdivia a operar la retirada, cuando Lautaro, observando que los caballos apenas se movían de cansados y conociendo que era el momento oportuno, atacó por la retaguardia, con el cuerpo de indios de su mando, a los españoles que se disponían para la fuga. Atacadlos todos juntos, dijo a sus hombres, no les den tiempo de que se recobren, están agobiados de fatiga, de calor y de la sangre que pierden. Los españoles trataron, no de resistir, lo que era imposible, sino de huir como mejor podían. Los araucanos corrieron tras ellos. Los españoles cayeron en las emboscadas, que defendían los pasos difíciles del camino o quedaron atollados en las ciénagas y pantanos. El hecho fue que ninguno salvó con vida.

 

Los que pudieron correr más, gracias a lo bueno de los caballos que montaban, fueron Pedro de Valdivia y su capellán el clérigo Pozo, pero llegaron a un pantano, donde los indios los aprehendieron sin dificultad. Los llevaron a la rastra y sin perdonarles las injurias y los golpes, a la presencia de Caupolicán y de Lautaro.

 

 Como Valdivia, que era gordo, no pudiese caminar tan a prisa como querían los indios, le insultaron y maltrataron más que a Pozo. Valdivia no podía hablar siquiera, porque llevaba puesta la celada, que los indios no habían sabido quitarle, aunque lo intentaron para contemplar a su gusto las facciones del altivo caudillo de sus opresores.

 

Cuando llegaron a donde estaba Caupolicán y Lautaro, hicieron que desatase la celada al prisionero el yanacona Agustinillo, aquel que había advertido antes de la batalla al gobernador el riesgo que corría, el cual había caído también en poder de los araucanos.

 

Luego que Pedro de Valdivia tuvo el uso de la palabra: “Dejadme vivir y permitid que parta, dijo humilde a sus vencedores y os prometo en recompensa regalaros dos mil ovejas y despoblar las ciudades que he fundado y llevarme fuera de esta tierra a todos los europeos.

 

 

  El pueblo que estaba sediento de venganza escuchó con burla los ruegos del cautivo. Para mostrarle que no debía esperar compasión, despedazaron a su vista al fiel Agustinillo. El clérigo Pozo, que vio lo que acababa de suceder, hizo una cruz con unas pajas y comenzó a ayudar al gobernador a bien morir. Los indios desnudaron a los prisioneros para repartirse las piezas de sus vestidos, tocando las principales de Valdivia a Caupolicán y Lautaro y comenzaron a martirizarlos con los tormentos exquisitos que sabe inventar la ferocidad de un pueblo invadido y atacado. Cuidaron para gozarse en sus sufrimientos, de no ajusticiar a Valdivia de inmediato, quien según algunos contemporáneos vivió hasta tres días, herido y maltratado de un modo horrible. Cuando al fin el desgraciado gobernador de Chile hubo logrado el alivio de expirar, los irritados araucanos cortaron el cadáver en pedazos y se lo comieron.

 

 Lo que aquí se dice está tomado de Góngora Marmolejo, quien asegura que lo supo de un principal y señor del valle de Chile en Santiago, que se llamaba don Alonso y servía a Valdivia de guardarropa, que hablaba en lengua española y de mucha razón que estuvo presente en todo y que logró escapar en hábito de indio de guerra sin ser conocido.

 

 Garcilaso refiere que la muerte de Valdivia fue contada en el Perú de tres maneras diferentes.

 

 Unos dijeron que estando Valdivia atado a un palo, había suplicado no se decidiera su suerte, sin que estuviese presente Lautaro, con la esperanza de que éste había de salvarle la vida, por haber sido su criado; pero que cuando había llegado Lautaro, había muerto al prisionero, diciendo a los suyos ¿para qué guardáis este traidor?

 

 Otros, que había sido muerto violentamente con una porra por un jefe indio, el cual obró así de miedo que los araucanos aceptasen las ofertas que por su libertad les hacía el cautivo desde el palo donde estaba atado, pues los había notado inclinados a ello y que el matador junto con dar el fatal  golpe había dicho a los suyos: “Debiera daros vergüenza de ser tan torpes e imprudentes, que confiáis en las palabras de un esclavo rendido y atado. Decidme ¿Qué no prometerá un hombre que está como éste se ve? ¿Cumplirá acaso sus promesas una vez que se encuentre libre?

 

Otros, en fin, que habiendo los indios empleado la noche siguiente en fiestas y danzas, habían cortado a cada baile un pedazo del cuerpo de Valdivia y otro del Clérigo Pozo, para asarlos y comérselos delante de ellos mismos.

 

 Ercilla en La Araucana y el autor de una carta anónima que existe en el Archivo General de Sevilla y que fue publicada por Gay en la Historia Física y Política de Chile, apoyan la segunda de las tres relaciones anteriormente descritas.

 

 El cabildo de Santiago (Carta citada a la Audiencia en Lima) dice que los araucanos: “Se comieron vivos a bocados, se comieron cortando dellos pedazos”, a Valdivia y a otros prisioneros españoles, esto es, confirman la tercera de las relaciones conservadas por Garcilaso.

 

 En cuanto a que los indios partieran en pedazos el cuerpo del desgraciado gobernador y se lo comieran, dice Gay: no podemos admitir el hecho a pesar de esa autoridad contemporánea (se refiere a lo descrito por los tesoreros del Cabildo de Santiago). Jamás fueron antropófagos los araucanos. Que llenos de furia arrancaran el corazón de  aquellas víctimas, que derramasen su sangre con los dedos y aún con la boca, esto, sí, ya se los hemos visto practicar en distintas ceremonias, en que fueron inmolados ciertos animales, pero que realmente comieron la carne, se nos resiste. Sin embargo, Garcilaso dice sobre esto, pudo ser que los araucanos no porque acostumbrasen a comer carne humana, que nunca la comieran aquellos indios, sino por mostrar la rabia que contra él tenían, por los grandes trabajos y muchas batallas y muertes que les había ocasionado.

 

 El hecho, fuera de haber sido mencionado por Garcilaso, fuera de estar apoyado en el testimonio oficial de los cabildantes y tesoreros de Santiago, se encuentra consignado en la obra de Góngora Marmolejo, quien cuenta que los indios hicieron fuego delante de Valdivia y con una cásarca de almejas de la mar, que ellos llaman pello en su lengua, le cortaron los lagartos de los brazos, desde el codo hasta la muñeca, teniendo espadas, dagas y cuchillos con que poder hacerlo, no quisieron por darle más martirio y los comieron asados en su presencia.

 

 Don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán refiere en su obra, escrita un buen tiempo después del suceso, haberle preguntado a un viejo indio, que era de mucho criterio, sobre la muerte de Valdivia y haberle éste contado lo que sigue, no ciertamente como testigo presencial, pues era tan muchacho en el tiempo del gobernador, que no se acordaba de haberle conocido, sino como órgano de la tradición que se conservaba entre los araucanos.

 

 “ Al gobernador lo cogieron vivo muy maltratado y cubiertos de heridas peligrosas y penetrantes y aunque hubo opiniones varias, unos que lo acabasen de matar, otros que le otorgasen la vida, prevaleció el voto y el parecer de Lautaro, porque se hallaba agraviado de él y maltratado, a quien la mayor parte del ejercito seguía, deseosa de beber chicha en su cabeza y hacer flautas de sus piernas, que dicen era bien dispuesto y así trataron de matarlo luego con un género de tormentos penosísimos, que le dieron, llenándole la boca de oro molido y con un garrote aguzado de las macanas que llevaban, se lo iban entrando por el gaznate adentro, como cuando se baqueta un arcabuz y le iban diciendo que puesto que era tan amigo del oro, que se hartase y llenase de lo que tanto apetecía y presumen algunos, que lo que echaban no era oro sino tierra que cogían del suelo.

 

 El Padre Alonso de Ovalle, cuya “Histórica relación del reino de Chile”, dice que se relataba de diversas formas  la muerte de Pedro de Valdivia, mencionándose entre otros el habérsele echado oro derretido por la boca. Dice a continuación: Yo encuentro más probable, por ser más conforme a las costumbres de los indios, es que hicieron trompetas de las canillas de sus piernas y que guardaron la cabeza para testimonio de tan insigne victoria y para animarse con su memoria a la juventud y descendencia a emprender semejantes hazañas y mostrarse tan valerosos en ellas, como ellos lo habían sido en esta y así lo he oído contar.

 

 Las noticias llegan al Perú

La noticia del desastre sufrido en Arauco, por los conquistadores de Chile, a medida que se iba difundiendo por las poblaciones del país, introducía en ellas el asombro y el espanto. A la distancia parecía inconcebible el que indios hubiesen podido derrotar a un capitán como Pedro de Valdivia y a guerreros como los españoles.

 

La primera nueva que se tuvo en el Perú de esta desgracia, según refiere Garcilaso, fue llevada por un mensajero indio, que conducía consigo un papel de dos dedos, sin firma ni fecha en el cual iba escrito:

 

 “A Pedro de Valdivia y a ciento cincuenta lanzas que con él iban se los tragó la tierra”

 

Sacaron inmediatamente un gran número de copias de este papel, las cuales circularon por todo el reino. Nadie, dice el historiador citado, podía atinar lo que fuese aquel “y tragárselos la tierra”.

 

Aunque no puede negarse que el anuncio era bastante oscuro por lo conciso y lo figurado, no obstante, la explicación más obvia y natural que podía darse a la catástrofe que comunicaba era una victoria de los indios sobre los europeos. Sin embargo, fue la que tuvo menos seguidores. ¿Cómo los miserables moradores de una comarca habían de haber tenido pujanza para matar a un capitán como Valdivia y además a ciento cincuenta españoles de a caballo, cuando nunca se había visto cosa parecida? Aquello era imposible, absolutamente imposible, no había producido la América hombres capaces de semejante hazaña.

 

 El terrible billete debía ser interpretado literalmente. Un verdadero trastorno de la naturaleza y no la fuerza  irrisoria de los indios, habría de haber provocado la pérdida de Valdivia y sus soldados. Chile era tierra áspera, llena de sierras y honduras y sujeta a terremotos, lo que debía haber sucedido, era que caminando Valdivia y sus compañeros por alguna quebrada honda, se había caído algún pedazo de sierra y los había cogido debajo. Esta llegó a ser la opinión general en el Perú.

 

 Todos hallaron más verosímil el que Valdivia y sus ciento cincuenta hombres hubiesen sido aplastados por un pedazo de la cordillera de Los Andes, antes que hubiesen sido vencidos y muertos por los habitantes del valle de Arauco. Sin embargo, lo más increíble era lo que realmente había sucedido.

 

No quiero dejar pasar la oportunidad de referirme al gran longo (cacique) Galvarino, aun cuando no tiene que ver exactamente con el tema de la película, pues su gloria se muestra cuando Valdivia ya había sido muerto y el gobernador de Chile era el hijo de 21 años del virrey del Perú García Hurtado de Mendoza.  No creo tener otra oportunidad para destacar a este héroe y es por ello que quiero relatarles como Galvarino defendió a  su pueblo de los invasores y lo que tuvo que pagar por ello; el duro castigo que tuvo que padecer y como mutilado le daba fuerzas a su pueblo en la defensa de su patria amenazada.

 

 

La figura de Galvarino : Batalla de Lagunillas

 Los europeos tenían, sin embargo a su favor demasiadas ventajas para no seguir venciendo aun en aquella tan incómoda posición.

 Por último, al aproximarse la noche y cuando la pelea duraba ya cinco horas, los araucanos se retiraron por la cuesta a cuyo pie se extendía la ciénaga, sin que los castellanos pensaran impedírselo y si lo hubieran pensado, no lo habrían podido.

 Era tal la superioridad militar de los conquistadores sobre los naturales, a quienes, si sobraban en número y valor, faltaban todos los recursos de la guerra, que en tanta peripecia como tuvo esta batalla y a pesar de lo reñida que fue, los españoles no tuvieron más muerte que la de Hernán Guillén, aunque es cierto que algunos salieron más o menos heridos y que además se perdieron varios caballos.

 Mientras el grueso de los araucanos se retiraba por la cuesta, seguían en el llano combatiendo algunos indios, entre quienes se distinguía el cacique Galvarino, que había hecho prodigios de osadía en la batalla y seguía haciéndolos. Se le atribuía a este jefe con más o menos fundamento la principal muerte de Guillén.

 El bravo Galvarino, que solo pensaba en pelear y ni por un momento en huir, se vio rodeado, acosado y al fin prisionero.

 Hurtado de Mendoza, que hasta entonces se había mostrado humano con los naturales (¿?), determinó hacer un escarmiento en aquel indio para intimidar a los otros. Ordenó que le cortasen ambas manos y le dejasen en seguida libre, a fin de que sus compatriotas pudiesen contemplar en él los resultados de la resistencia a los cristianos.

 Cuando Galvarino comprendió la pena a que había sido condenado, no se inmutó; por el contrario, colocó sin oposición y con el rostro tranquilo la mano derecha sobre el madero en que debía practicarse la cruel operación y luego que esta mano desprendida del brazo hubo caído al suelo, alargó la izquierda, sin desahogar su dolor con un gemido. Amputadas las dos manos, presentó espontáneamente el cuello a la cuchilla. Cuando se le hubiera respondido que se le hacía gracia de la vida y de la libertad, profirió las más terribles injurias contra los invasores, aseguró que él y sus compatriotas vengarían pronto y bien y se alejó amenazando a sus crueles verdugos con los brazos que acababan de mutilarle y  de los cuales caían chorros de sangre. (Ercilla, Araucana, canto 23; Oña, Arauco Domado; Suárez de Figueroa, Hechos de don García).

 En la próxima batalla, se veía dirigir la pelea a Caupolicán, no así en la anterior, montado en un caballo blanco. Galvarino, mutilado, iba de grupo en grupo inflamando los ánimos de sus compatriotas contra los invasores, no sólo con el espectáculo de sus brazos mutilados y sangrientos, sino también con los discursos  más enardecidos.

A eso de las dos de la tarde, todo estaba concluido, los cristianos habían obtenido otra nueva victoria. Caupolicán logró salvarse, pero cayeron prisioneros de veinte a treinta caciques, a los cuales éste mandó a horcar en los árboles del campo. El generoso Ercilla, simpatizando por el sólo aspecto con uno de aquellos infelices, se esforzó en libertarle de la muerte, so pretexto de que le había visto pasarse a las filas españolas, pero no había el poeta terminado su razonamiento, cuando el indio sacando  los brazos mutilados que había tenido ocultos bajo la ropa, manifestó ser Galvarino e interrumpió a su defensor diciendo: “ No quiero recibir la vida de vosotros y sólo siento la muerte por no haber podido haceros pedazos con los dientes”.

 Aunque los invasores, vista la soberbia de aquel héroe, quisieran apresurar el  castigo de lo que consideraban insoportable insolencia, Ercilla persistió en su noble designio, alegando que no debía darse la muerte al enemigo que lo solicita con tanto empeño., mas no pudo ablandar a aquellos rudos aventureros, que no eran hombres para entender de poesías.

 Mientras Alonso de Ercilla, abogaba por su protegido, otro de los caciques que era  muy conocido de los europeos, por haber tenido relaciones con ellos desde el tiempo de Valdivia, se puso a implorarles para que le perdonasen la vida. Galvarino que estaba oyéndole, le increpó severamente, entonces, avergonzado  el indio, pidió que le colgasen en la rama más alta para que todos los que por allí pasasen viesen que había muerto por defender a su patria.

 Bien pronto, él y Galvarino fueron satisfechos siendo ahorcados en compañía de los demás caciques prisioneros.

 

Alonso de Ercilla – La Araucana

     Hurtado de Mendoza condena a la horca a Ercilla.

  A la entrada del verano de 1558, se recibió en la Imperial la noticia de haber subido Felipe II al trono de las Españas e Indias, por la abdicación de su padre el emperador Carlos V. García ordenó celebrar aquel acontecimiento con juegos de sortijas, de cañas y estafermo. En medio de la fiesta sobrevino por un puntillo cualquiera de honor una pendencia entre Alonso de Ercilla y Juan Pineda. Los dos caballeros echaron mano a las espadas. Muchos de los españoles allí presentes desvainaron también las suyas, dividiéndose en bandos a favor de uno o del otro de los agresores. La trifulca fue mayor. El gobernador, mozo capitán acelerado, según el calificativo que le da en "La Araucana", hablando de este lance, se enfureció de que hubiera habido quienes osasen faltarle el respeto riñendo delante de él, espada en mano y provocando tumulto. Estaba además mal prevenido contra Ercilla por Francisco Ortigosa, secretario del gobernador, parece que el secretario trataba siempre de posponer al soldado-poeta y que Alonso en represalias se burlaba de él y lo tachaba de inepto para el cargo.

  El enojo de García llegó al punto de mandar que en el acto se cortasen las cabezas de Ercilla y Pineda. Sin tardanza, comenzaron los preparativos para el suplicio.

  Entonces las damas españolas que había en la Imperial se resolvieron para ver modo de salvar a los dos simpáticos reos y fueron tantos y tan encarecidos los ruegos que le dirigieron que García Hurtado de Mendoza no pudo excusarse de conmutar la pena por otra menos rigurosa.

  Inmediatamente después de este suceso, llegan noticias que los indios de los alrededores de Cañete celebraban junta de guerra. García parte con la tropas de inmediato. El resultado de la victoria de Quiapo fue el abatimiento de los indios. García guiándose por las apariencias tuvo la certeza que Arauco estaba domado, pero eso era más una ilusión que una realidad.

 

        Ercilla abandona Chile

Terminada, al parecer la guerra, Ercilla ya no tiene motivos para permanecer en Chile. No pretendía encomienda, no buscaba oro, sino gloria. Embarcándose aceleradamente se dirigió al Callao, se volvía de Chile tan pobre como había venido, pero llevaba en su equipaje algunos manuscritos y en su cabeza los pensamientos necesarios para terminar La Araucana. Ese poema que al decir de Cervantes, es una de las más ricas prendas de poesía que tiene España.

De Perú a Panamá, deseoso de ver el castigo al sanguinario Lope de Aguirre, sin embargo, al desembarcar tiene noticias que aquel díscolo insensato había ya muerto. Allí padece una larga enfermedad que dura tres años. Restablecido vuelve a España y viaja por Francia, Italia y Alemania. En su país natal se casa con una dama de ilustre familia. Vivió pobre y poco considerado, dedicado a la poesía y al amor, pues según parece, fue muy aficionado a mujeres y dejó varios hijos naturales.

 Hay no obstante quienes atribuyen la poca prosperidad de don Alonso a sus desavenencias con la familia de Hurtado de Mendoza y la tibieza con que cantó a don García en La Araucana. Pero ya hubiera sido esta la causa o bien la mala suerte que suele perseguir a ciertos hombres, lo cierto fue que a los cincuenta y siete años, Ercilla se encontraba menesteroso y desvalido. Había sido un héroe por el valor, un poeta insigne por el talento, merecía ocupar un alto puesto y sin embargo, estaba arrinconado en la máxima miseria, como Cervantes, su amigo y admirador, también indignamente perseguido.

 Se presume que el autor de La Araucana murió allá por el año 1596, pero se sabe de seguro que no fueron ni premiados sus méritos ni remediados sus males.

 

 

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